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Editor: Neville Blanc

Sunday, July 04, 2010

Vicente Pérez Rosales "El hombre, el libro y el país son una sola cosa"


Vicente Pérez Rosales fecundo en ardides

En Recuerdos del Pasado , Pérez Rosales se las arregló para escribir su historia; por su propia pluma arbitró su posteridad. Nos llega hecho de "bone and muscle", pero también de inteligencia, imaginación y tesón.

El Mercurio Revista de Libros Santiago de Chile
domingo 4 de julio de 2010
Actualizado a las 6:21 hrs.

Marta Blanco
Vicente Pérez Rosales nació en 1807, en Santiago, y creció entre la Patria Vieja y la Patria Nueva, entre la Independencia y la República. Vio dictaduras, revoluciones y guerras. Murió a los 79 años, el 6 de septiembre de 1886, después de ser diputado, senador, agente colonizador, buscador de oro, negociante, abogado. Sus artículos ingeniosos, descriptivos y punzantes lo destacan como un escritor directo y original. La recopilación que hace, al final de su vida, conforma los Recuerdos del Pasado . Allí están la riqueza y la pobreza, la sociedad y la soledad; el carácter, la frivolidad, el sectarismo, la generosidad, la curiosidad y la política "del pasado", donde se adivina ya nuestro amor por la ley escrita ("se acata pero no se cumple"), hábito que aún perdura.

Vicente Pérez retrató su tiempo. Hay que mirarlo antes de su transformación en ingenio y talento nacional. Ver al niño y al muchacho, al negociante y diplomático enfrentando la vida con realismo y buen humor. Imaginarlo hombre vivo, comedor de charqui y pensador, preocupado de la inmigración y la agricultura, las minas y el ferrocarril, aun de la política, donde no se lució. Su escritura es anterior al personaje y, por cierto, aunque fue gobernador y senador, intendente y diputado, más fue un notable escritor.

Sacarle la costra que lo ha cubierto más de cien años es difícil. Hay que agarrarlo por la suela de sus zapatos, la punta de su pluma, las patillas y las colas de su frac, borrar el daguerrotipo, la barba de Prat, la levita, que no habita. Este hombre no nació estatua.

Vicente Pérez se las arregló para escribir su historia; por su propia pluma arbitró su posteridad. Nos llega hecho de "bone and muscle", como dice que dicen los norteamericanos, pero también de inteligencia, imaginación y tesón.

Nació en familia acaudalada, cuando Santiago era una aldea de paja y adobe, cuyos habitantes se decían santiagueños. Su padre murió de tisis muy joven y su madre se casa pronto con Felipe Del Solar, a quien llamará padre. Nacen muchos medio hermanos. A su madre la encierra San Bruno en las monjas Clarisas por insurgente. La familia emprenderá la cruzada de los Andes cuatro veces. La primera huida anuncia el fin de la Patria Vieja, la segunda, la aurora de la Patria Nueva.

Nieto doble de españoles, su abuelo paterno, José Pérez García, escribió una historia de Chile; a Rosales, el materno, Osorio lo deporta en 1814 por ser miembro de la junta gubernativa de 1810. Todos fueron desterrados a la isla de Juan Fernández, que hoy llaman Robinson Crusoe. Suplantamos al descubridor en nombre de un héroe de novela inglesa...

Después del desastre de Cancha Rayada, la familia emigra. Cargan mulas con pellones y comida y las envelan rumbo a Mendoza. Bajo las tablas de la casa quedaron los servicios de plata, las alhajas; en el pozo del patio echaron los doblones y partieron al destierro. Vicente, de once años, comenzará en Mendoza a hacerse hombre entre odios políticos y expatriados.

Grumete por sorpresa

Entra a una escuela medio militar y le toca hacer guardia frente al cadalso, en el fusilamiento de Juan José y Luis Carrera. Describe la muerte de esos hermanos indómitos, asiduos de su hogar, demudados y pálidos cuando se abren las puertas de la cárcel. Un minuto antes de que les disparen, ya con los ojos vendados, sentados contra el muro, se levantan del banquillo al unísono, se sacan la venda que cubría sus ojos y se abrazan. Luis, "el adamado", muere de inmediato. Juan José se estremece y su cara cae hacia adelante. La señal imborrable del rencor político se ha sellado ante sus ojos.

Pérez Rosales vio y vivió el odio en la prisión de su madre, el exilio del abuelo, las huidas y regresos de la familia. Se hace arriesgado porque no vio sino riesgos, y ecuánime porque tanto O'Higgins como los Carrera eran amigos de su familia. "No seas loco, José Miguel", le escuchó a su madre. Y a un enrabiado Bernardo O'Higgins, recién escapado de Rancagua: "¡José Miguel tiene la culpa!"

Cuando regresan la segunda vez, Chile ya es Chile. Pero la pobreza y los sueños republicanos ya dictatoriales no dan más: sueldos impagos a soldados y empleados públicos, blasones anulados, igualdad en la pobreza, desigualdad en el poder. Abdica O'Higgins. Sube Freire.

De adolescente, sufrió la arrogancia de lord Spencer, comandante del buque inglés Glen Owen. Una tarde en su casa, sentado en el corredor junto a su madre, veía a Vicente lanzar piedras contra unos botellones que colgaban al viento llenos de rapé, reventándolos con su honda. La madre, agobiada, le gritó: "¡Mira, Vicente, que me tienes cansada!". Spencer propuso a Del Solar llevarlo a Valparaíso unos días y hospedarlo en su fragata, donde encontraría guardiamarinas de su edad con quienes desahogar su energía y aprender inglés. Pérez usa aquí la primera persona, de la que se escabulle siempre: "Mi madre dijo no, mi padre dijo sí".

Cuatro días después dormía a bordo y al quinto despertó navegando en el Pacífico. Le quitaron la ropa y el dinero, le dieron atuendo de marinero y una hamaca en la proa, con la tripulación. Trabajó duro desde que salió de Valparaíso hasta llegar a Río de Janeiro cincuenta días después. Allí lo desembarcaron en la Playa Grande, donde subastaban a los esclavos, sin dinero ni identificación. Lo salvó MacDonald, segundo a bordo. Espantado, le da dos monedas de oro y le ordena "no te muevas". Al día siguiente llegan a rescatarlo el cónsul inglés, el español Juan Santiago Barros, y José Ignacio Izquierdo, "natural" de Chile. Lo reconoce Izquierdo, "¿Hijo de Mercedes?, caballeros, el niño no sale de mi poder, soy íntimo amigo de su familia". Barros alega que es apoderado de Solar. El cónsul dice: "a mí vino MacDonald, es mi responsabilidad". Los tres lo cuidan e informan a la familia. Dos años después pasó la Doris, nave inglesa a cargo del capitán Graham, que viaja con su esposa, María. Con ellos regresa a Chile.

A los 18 años va a estudiar en París con Silvela, Moratin y Vallejo. Pasea y baila. Es, como dice, petimetre. Regresa a Chile. La vida sencilla, los saraos y las niñas lo hacen holgazanear. La política no le interesa y se convierte en campesino. Quiebra y ensaya el comercio, contrabandea vacunos de la pampa argentina y conoce los pasos cordilleranos autorizados y clandestinos. Es un poco cuatrero y un poco negociante, va a Copiapó por la plata y Chañarcillo es uno de sus grandes artículos. A California viaja por la fiebre del oro, pero regresa al año, cuando un incendio en San Francisco lo deja con lo puesto.

Busca tierras para los alemanes

Antonio Varas, ministro del Interior, lo nombra Agente de la Colonización del Sur en octubre de 1850. Llega a Corral en busca de sitios que comprará el estado para los inmigrantes, el Herman ya arriba con ochenta y cinco alemanes: setenta hombres, diez mujeres, cinco niños, al puerto. Los instala en las derruidas casa-matas de Corral y parte a convencer a los valdivianos, contrarios a los colonos. El Congreso no desea luteranos en el país. Pérez parla, se reúne, viaja, convence.

Su físico inagotable, heredado de los Rosales, decía, le permite explorar nuevas tierras. De pronto, todas tienen dueños que cobran sumas alzadas. Se mete en la selva, acompañado por el ingeniero Frick. En el lago Llanquihue, "hicimos con un tronco carcomido una canoa, tapamos con champas sus extremos y provistos de cascarones de árboles por remos nos fuimos a explorar". Pero el viento y una ola los tumbó y pasaron la noche en una ribera pedregosa, tapados por hojas de pangui. Rescatados, el indio Pichi-Juan acepta por treinta pesos fuertes incendiar los bosques entre Chan-Chan y la cordillera. No trepida en ordenarlo. La selva es infranqueable. Tapada de quilas, alta de alerces, pehuenes, coigües, la luz del sol no penetra. El suelo es una masa de hojas pútridas. El fuego agarró tanta fuerza que Pichi Juan se salvó gracias a un coigüe carcomido, en cuyas raíces húmedas se escondió. Tres meses duró el incendio. Pero necesita hacer caminos. "Las colonias se hacen de adentro hacia afuera". "No hay manera de instalarlos en estas selvas intransitables si no pueden sacar sus productos".

Le compra al coronel Viel la isla Teja, en la confluencia de los ríos Calle-Calle y Cruces, frente al pueblo. Los colonos construyen, abren la tierra, siembran. Otros buques vienen navegando: el Susana, el San Paoli y el Adolfo. Es necesario recorrer las tierras alrededor del Llanquihue. Asciende el volcán Osorno y desde la cima avista el seno de Reloncaví. "Estoy seguro que Balboa no tuvo más gusto que el mío al descubrir el Pacífico desde las alturas del istmo".

El hombre, el libro y el país

En 1855 Manuel Montt lo nombra cónsul general en Hamburgo. Debe convencer a sus contrarios, y pide ayuda a sabios que conocen Chile: Domeyko, Philippi, Poeppig, Humboldt, Ausman, el barón de Bibra. Viaja a Prusia, Dinamarca, Praga. Escribe su Ensayo sobre Chile para explicar las bondades de esta tierra anónima.

Alone dijo de Recuerdos del Pasado : "El hombre, el libro y el país son una sola cosa"; no se podía separar su figura del territorio que exploró, navegó, pobló de alemanes en el sur y describió, contando el presente, su presente.

Estos "Recuerdos del Pasado" son mucho más que lo descrito. Apenas precaria síntesis, sólo busqué decir el hombre, y ni alcancé a la mitad. He intentado estimular la lectura de Vicente Pérez, entregándolo en carne y hueso, en sangre y médula. Este hombre no hubiera querido ser polvo de estante ni celebrado por tranquilo. Fue más que eso. Captó la naturaleza de lo chileno por la tierra y por la letra. Dejó un libro que merece más lectores jóvenes y menos alabanzas. Leerlo es la alabanza. Espero haber logrado la intención.

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