SOCIEDAD DE BIBLIÓFILOS CHILENOS, fundada en 1945

Chile, fértil provincia, y señalada / en la región antártica famosa, / de remotas naciones respetada / por fuerte, principal y poderosa, / la gente que produce es tan granada, / tan soberbia, gallarda y belicosa, / que no ha sido por rey jamás regida, / ni a extranjero dominio sometida. La Araucana. Alonso de Ercilla y Zúñiga

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Editor: Neville Blanc

Sunday, December 03, 2006

A 30 AÑOS DEL PREMIO NACIONAL DE HISTORIA (1976 - 2006)


Memoria de Mario Góngora

La Segunda, Gonzalo VIAL
Este 2005 hubiera podido alcanzar los noventa años pero, en vez de eso, se cumplieron veinte desde su muerte. Muerte casual y casi diríamos banal... atropellado por un motociclista a la salida del Campus Oriente de la Universidad Católica. Como antes Jaime Eyzaguirre en otra colisión de vehículos, cerca de Linares, casi cuarenta años atrás, debida a la imprudencia de un conductor cuyo nombre -igual que el de aquel motociclista- se ha olvidado, si es que alguna vez se supo. Es insondable que tanta inteligencia, tal cúmulo de estudios y sabiduría, tan brillante perspectiva de nuevos enfoques y descubrimientos hayan perecido, cada vez, en unos cuantos segundos o minutos. De la misma manera que -diría Spengler, amado por Eyzaguirre y Góngora- muere la flor que el paseante desaprensivo decapita con su vara...
Mario Góngora era un hombre huraño y tímido, reconcentrado en sí mismo, afligido por la convicción de una fealdad inexistente, pues la disipaba el brillo de los ojos, expresivo de un mundo de profundidad y belleza espiritual.
Sorprendía la finura de sus sentimientos y reacciones. Una vez nos topamos por casualidad en el Campus Oriente. Acababa de aparecer el primer volumen de mi Historia 1891/1973. Me preguntó qué materia abordaría el segundo. Le dije que el parlamentarismo. ¡Cómo. -se asombró- Si ya está tratado en el primero!. Le respondí que lo miraría bajo otros ángulos, y nos despedimos. Dos o tres horas después, en mi oficina de abogado, encontré varios, sucesivos telefonazos urgentes de Góngora. Lo llamé de vuelta. Quería pedirle disculpas (me dijo) por mi impertinencia. ¿Qué impertinencia?. Haberle echado en cara que se propusiera referirse de nuevo al parlamentarismo. Al fin y al cabo, Ud. es el autor y sabe y decide la forma de escribir su libro. Me costó convencerlo de que no estaba molesto, y de que había hallado la pregunta muy lógica, y su interés muy estimulante.
Mario Góngora hacía clases, escribía, daba conferencias. En 1976 recibió el Premio Nacional de su disciplina. Llegaría a vérsele como el más destacado historiador de Chile. La historiografía izquierdista se inquietó, porque era un hombre sin prejuicios de ningún color, riguroso en el estudio y la documentación de los hechos, racional para interpretarlos, enemigo de las pinceladas, de los vastos cuadros de pocos fundamentos, y de las peroraciones y el uso ideológico o político de la Historia. Se le clasificó, entonces -incipientemente en vida, a toda orquesta después de muerto-, como conservador. Quedó con Alberto Edwards, Eyzaguirre y Encina y últimamente Sergio Villalobos (buena compañía, es cierto) bajo este misterioso paraguas, el conservantismo, que sirve para descalificar sin necesidad de refutar.
Sus campos favoritos -mas no únicos- fueron la historia medieval, de la modernidad temprana, de la llamada Colonia. Y en los últimos años irrumpió con fuerza, de la manera que veremos, interpretando nuestra vida republicana. Pero ya anteriormente había establecido hitos, y continuó estableciéndolos durante un tercio de siglo, hasta la muerte. Su primera obra extensa, El Estado en el Derecho Indiano (1951), mostró la génesis histórica de esa rica y compleja realidad que fue el Imperio Español en América, tan deformada por visiones parciales o pasionales, leyendas negras o rosas. Señero fue también el estudio que hizo sobre el origen del inquilino, el típico trabajador agrario de la zona central -desaparecido la centuria pasada-, demostrando no ser indígena (o no ser sólo indígena) esa raíz, sino también y fundamentalmente de españoles libres y pobres (1960). Numerosos trabajos de Góngora abordaron la ilustración española, y cómo el ideario de ésta se prolongó e influyó en los primeros años de la América y Chile emancipados. Tenía Mario Góngora una múltiple y original curiosidad histórica.Y así, poco antes de morir, se hallaba preocupado del desarrollo chileno de la cremación funeraria, y de las correspondientes implicancias culturales y sociales.
Por supuesto, la Historia sería la esfera principal de acción para Mario Góngora. Pero, internamente, ella y su estudio formaban parte de un esfuerzo más amplio -un interés de vida, no académico-, dirigido a explicarse el Occidente en crisis, y a poder desentrañar su futuro. Este fue el auténtico objetivo perseguido por Góngora, una existencia entera, y perseguido con ansias y angustias.
Búsqueda semejante, tuvo numerosas facetas.Una de ellas fue posesionarse de la cultura occidental de un modo completo y hondísimo, leyendo de manera sistemática y continuada su filosofía, poesía, narrativa, etc., y mediante el conocimiento y apreciación de su arte. Puede decirse sin exagerar que, el siglo pasado, no hubo ningún intelectual chileno (salvo quizás Juan Gómez Millas) con una cultura tan amplia como la de Góngora. Su biblioteca -que han estudiado Gabriela Andrade y Patricia Arancibia- es prueba fehaciente a este respecto.
No le faltó la faceta política, breve y juvenil. Los años 30, igual que tantos jóvenes católicos, creyó posible redimir el mundo occidental difundiendo un cristianismo socialmente revolucionario. Entró a la Falange (que entonces integraba el Partido Conservador) y fue de sus elementos más avanzados: defendía la propiedad colectiva y la abolición del salario. Nada de esto, naturalmente, halló acogida falangista-conservadora. Derivó Góngora, en consecuencia, y tras un viaje europeo, hacia el comunismo: se hizo militante. Pero se apartó de él, horrorizado, al sugerirle Pablo Neruda que continuara diciéndose falangista para facilitar la penetración del glorioso partido entre los socialcristianos.
La renovación de Occidente fue también religiosa, para Mario Góngora. Católico hasta el final -pero un católico atormentado por la idea de la decadencia de la Iglesia-. Halló esperanza y explicación respecto a esa decadencia, en el milenarismo del chileno Juan Lacunza, jesuita expulso del Siglo XVIII. Para Lacunza, la postración de la Iglesia sólo anticipaba la venida del Mesías en gloria y majestad... el reino y gobierno temporal de Cristo y los Apóstoles sobre la tierra, por un milenio, antes de la destrucción última del mundo. Enseñaba el lacuncismo -junto con la pobreza evangélica, la lectura de los libros sagrados y la nueva liturgia- un presbítero santo, misterioso y elocuente, Juan Salas, que terminó sus años enajenado. Bebieron la doctrina de Lacunza y Salas, Mario Góngora, Jaime Eyzaguirre, Armando Roa, Roberto Barahona, Walter Hanisch y otros jóvenes valores intelectuales de la época.
Góngora, Eyzaguirre y Roa, con Juan de Dios Vial Larraín (mucho menor) y el sacerdote Rafael Gandolfo, de los Sagrados Corazones, constituyeron un grupo de pensamiento católico de alto vuelo y larga duración, que publicaba una revista de periodicidad irregular pero elevado nivel: Dilemas. La lectura de los aportes de Góngora a Dilemas, confirma la amplitud y variedad de sus intereses en el mundo de la cultura.
Los últimos años de Mario Góngora, cubierto de honores y reconocimientos, fueron sin embargo melancólicos. A la manera de Unamuno, le dolían el Chile del regimen militar, y la Iglesia, azotada por el vendaval de los 60 y del post Concilio. Un presentimiento y quizás hasta un deseo de muerte lo rondaban. Pero volvió a la batalla para defender la acción histórica del Estado de Chile, que consideraba falsa e injustamente tratada por quienes -extrapolando una teoría económica, la neoliberal- desconocían o minusvaloraban esa acción.
Escribió así el Ensayo Histórico sobre la noción de Estado en Chile en los Siglos XIX y XX, 1981, que fue un instantáneo éxito de público y de crítica y hasta 2003 llevaba ocho ediciones.
Hubiera sido, sin duda, punto de partida para nuevos estudios sobre muchos de los temas que plantea: ¿Creó el Estado Republicano la nacionalidad chilena, o venía ésta formándose con anterioridad? ¿Fueron Arturo Alessandri e Ibáñez caudillos al estilo mundial de los años 20 y 30, o creadores de institucionalidades sociales y económicas de carácter permanente, que los sobrevivieron? ¿La Democracia Cristiana, la Unidad Popular, el régimen militar... propusieron efectivamente planificaciones globales, modelos cerrados de sociedad que no admitían postergación, modificación ni transacción?
Ideas que se discuten y discutirán arduamente, y a todo nivel; ideas básicas para explicarse el pasado y avizorar el futuro de Chile, pero que ya no gozarán de la presencia animadora e intelecto penetrante de Mario Góngora. Quizás me equivoque, pero pareciera que este aniversario de Góngora no ha tenido toda la conmemoración debida. Sería una lástima olvidarlo, no tanto por él como por nosotros. Faltan estudios sobre su personalidad (si descontamos el muy interesante que respecto a la juventud del historiador escribió Patricia Arancibia: Mario Góngora en busca de sí mismo), falta difundir y debatir sus propuestas en seminarios, revistas, etc. Pero más vale tarde que nunca.

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