Sin duda dos de los títulos mayores del llamado género distópico —ese en el que la utopía deviene terror totalitario— son Brave New World (traducida habitualmente como Un mundo feliz), de Aldous Huxley, y la más insigne, Nineteen Eighty-Four (1984), de George Orwell.
Curiosamente, ambas novelas son casi contemporáneas: Huxley publicó la suya en 1932 y Orwell en 1949, diecisiete años de diferencia que si bien no son pocos, las sitúan en una serie de circunstancias similares de concepción y recepción entre los lectores —incluyendo a los propios autores: en su momento, ambos leyeron sus respectivas novelas.
Por la primacía temporal y en cierta forma temática, Huxley tenía amplias credenciales para juzgar la obra de Orwell, al parecer con sentido entusiasmo, pues sin pensarlo dirigió una misiva a este apenas unos meses después de que 1984 se pusiera a la venta. Y uno de los atractivos de la carta es que Huxley explica a Orwell por qué cree que Un mundo feliz le parecía entonces una predicción mucho más acertada sobre el mundo futuro.
Además de presentar la traducción íntegra de la carta, preguntamos a nuestros lectores quién tuvo razón, si Huxley o Orwell. ¿A qué se parece más nuestra realidad colectiva? ¿A la sociedad estratificada y somatizada de Brave New World o a la hipercontrolada y panóptica de 1984?
 
 
Wrightwood, Cal.
 
Octubre 21, 1949
 
Estimado Sr. Orwell:
 
Fue muy amable de su parte pedirle a su editorial que me enviaran una copia de su libro. Llegó cuando estaba a la mitad de una obra maestra que requiere mucha lectura y consulta de referencias y, puesto que la debilidad visual me obliga a racionar mi lectura, tuve que esperar un buen tiempo antes de poder embarcarme en 1984.
Coincidiendo con todos los críticos que han escrito sobre esto no necesito decirle, una vez más, cuán bueno y profundamente importante es el libro. ¿Puedo, en cambio, hablar sobre el asunto de que trata el libro: la revolución definitiva? El último dejo de filosofía de una revolución definitiva—la revolución que trasciende la política y la economía y que busca una subversión total de la psicología y la fisiología del individuo— se encuentra en el Marqués de Sade, que se consideraba a sí mismo heredero y culmen de Robespierre y Babeuf. La filosofía de la minoría dominante en 1984 es un sadismo llevado a sus conclusiones lógicas más allá del sexo y la negación del sexo. Incluso si en la realidad parece dudoso que la política de “la bota en la cara” pueda mantenerse indefinidamente. Mi opinión es que la oligarquía dominante encontrará formas menos arduas y derrochadoras de gobernar y satisfacer su sed de poder y que estas maneras se asemejarán a aquellas que describí en Un mundo feliz. Recientemente tuve la oportunidad de revisar la historia del magnetismo animal y del hipnotismo y quedé muy impresionado por la forma en que, durante siglo y medio, el mundo se rehusó a tomar en serio los descubrimientos de Mesmer, Braid, Esdaile y otros.
En parte por el materialismo y en parte por la respetabilidad prevalecientes, los filósofos y los científicos del siglo XIX no estaban dispuestos a investigar los hechos más extraños de la psicología de hombres prácticos como políticos, soldados y policías, para aplicarlos luego en el ámbito gubernamental. Gracias a la ignorancia supina de nuestros padres, el advenimiento de la revolución final se ha retrasado por cinco o seis generaciones. Otro accidente afortunado fue la impericia de Freud para hipnotizar y el consecuente desprestigio del hipnotismo. Esto retrasó la aplicación general del hipnotismo en la psiquiatría por al menos cuarenta años. Pero ahora el psicoanálisis se combina con la hipnosis y la hipnosis se ha vuelto fácil e indefinidamente desplegable gracias al uso de barbitúricos, que inducen un estado hipnótico y de sugestión incluso en los sujetos más recalcitrantes.
Pienso que en la próxima generación los amos del mundo descubrirán que el condicionamiento infantil y la narco-hipnosis son más eficientes, como instrumentos de gobierno, que los toletes y las cárceles, y que el anhelo de poder puede satisfacerse tan justa y completamente lo mismo sugiriendo a la gente que ame su servidumbre como flagelándolos y golpeándolos hasta la obediencia. En otras palabras, siento que la pesadilla de 1984 está destinada a encajar en la pesadilla de un mundo mucho más parecido a lo que imaginé en Un mundo feliz. El cambio sobrevendrá como resultado de una sentida necesidad por incrementar la eficiencia. En el ínterin, claro, tal vez ocurra una guerra atómica y biológica de grandes proporciones —en cuyo caso deberíamos tener pesadillas de otro tipo y apenas imaginables.
 
Gracias otra vez por el libro.
 
Suyo sinceramente,
 
Aldous Huxley