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Editor: Neville Blanc

Friday, February 05, 2010

La privacidad de Salinger


¡Salinger vive!: El silencio eterno del escritor norteamericano

Por Charles McGrath / Herald Tribune, derechos exclusivos para La Nación
Definió la adolescencia y la desconfianza hacia el mundo adulto. Su libro “El guardián entre el centeno” tocó una fibra en el Estados Unidos de la postguerra y rápidamente alcanzó un estatus de culto esparciéndose por el mundo de las letras. El miércoles pasado se fue el viejo cascarrabias a los 91 años. Aunque el hombre solo no muere, el hombre solo queda solo.


La Nacion. cl Domingo 31 de enero de 2010 LND Cultura


J. D. Salinger, considerado en una época como el más importante escritor estadounidense surgido después de la Segunda Guerra Mundial, pero que después dio la espalda al éxito y la adulación, convirtiéndose en una Greta Garbo de las letras, famoso por no querer ser famoso, murió el 27 de enero en su casa de Cornisa, New Hampshire, donde había vivido recluido por más de 50 años. Tenía 91 años de edad.

La reputación literaria de Salinger se basa en un conjunto reducido pero enormemente influyente de obras publicadas: la novela “El guardián entre el centeno”, la colección “Nueve cuentos” y dos compilaciones, cada una de ellas con dos cuentos largos sobre la ficticia familia Glass. “El guardián entre el centeno” fue publicado en 1951 y su primera frase, con distantes ecos de Mark Twain, impuso una nueva tonalidad en la literatura estadounidense: “Si quieres realmente enterarte, lo primero que probablemente querrás saber es dónde nací y cómo fue mi horrorosa infancia, y en qué se ocupaban mis padres antes de tenerme y todo eso, y toda esa basura a lo David Copperfield, pero no me siento de ánimo para entrar a eso, si quieres saber la verdad”.

“El guardián...” se convirtió en un best seller casi de inmediato y su narrador y principal personaje, Holden Caulfield, un adolescente recién expulsado de la escuela primaria, pasó a ser el truhán literario más conocido de Estados Unidos desde Huckleberry Finn. Con su comprensión empática de la adolescencia y su fervoroso aunque alienado sentido de la moralidad y desconfianza hacia el mundo adulto, la novela tocó una fibra en el Estados Unidos de la posguerra y rápidamente alcanzó un estatus de culto, especialmente entre los jóvenes.

Leer “El guardián entre el centeno” solía ser un rito esencial de paso. El espíritu de la novela persiste hasta hoy, aunque algunas de las preocupaciones de Holden parecen ahora un poco desfasadas, y sigue vendiendo decenas de miles de ejemplares al año. Mark David Chapman, que asesinó a John Lennon en 1980, llegó incluso a decir que la explicación de su acto podía encontrarse en las páginas del “El guardián...”.

En 1974, Philip Roth escribió: “La respuesta de los estudiantes a la obra de J. D. Salinger indica que él, más que ningún otro, no ha dado vuelta la espalda a los tiempos sino, en cambio, ha logrado dejar su huella en toda lucha significativa que se esté dando hoy entre el ser y la cultura”. (…) Salinger también perfeccionó el gran truco de la ironía literaria: validar lo que se quiere decir diciendo menos, o incluso lo contrario, de lo que se busca.

HUYENDO DEL MUNDO

Cuando joven, Salinger buscaba ardientemente la atención. Hacía alarde en la universidad de su talento y ambiciones literarios. Pero el éxito, una vez que llegó, empalideció rápidamente para él. Les dijo a los editores de la Saturday Review que estaba “harto” de ver su fotografía en la solapa de “El guardián entre el centeno” y exigió que fuera eliminada de las posteriores ediciones. Ordenó a su agente que quemara cualquier correo de sus admiradores.

En 1953, Salinger abandonó Manhattan, huyó para siempre del mundo literario y se instaló en el campo en Cornisa, New Hampshire. Parecía estar realizando el deseo de Holden de construirse “una pequeña cabaña en algún lugar con la plata que hice y vivir allí por el resto de mi vida”, lejos de “cualquier maldita y estúpida conversación con nadie”. Rara vez salía, excepto ocasionalmente de vacaciones en Florida o para visitar a William Shawn, el casi igualmente retraído editor de The New Yorker. Lo último que publicó Salinger fue “Hapworth 16, 1924”, una historia de 25.000 palabras que ocupó casi todo el número del New Yorker del 19 de junio de 1965. Nunca reunió el resto de sus cuentos ni permitió que ninguno de ellos fuera reeditado en libros o antologías. Un cuento, “Tío Wiggily en Connecticut”, fue llevado al cine como “Mi loco corazón”: una película tan mala que Salinger nunca volvió a tentarse a vender derechos cinematográficos. Casi nunca habló con la prensa, excepto en 1974 cuando, intentando impedir la publicación no autorizada de sus cuentos dispersos, dijo a un periodista del Times: “Hay una paz maravillosa en no publicar. Es pacífico. Quieto. Publicar es una terrible invasión de mi privacidad. Me gusta escribir. Amo escribir. Pero escribo sólo para mí mismo y mi propio placer”. Y, sin embargo, mientras más buscaba privacidad más famoso se hacía, especialmente después de su aparición en la portada de la revista Time en 1961. Durante años, fue una especie de deporte periodístico para los diarios y revistas enviar reporteros a New Hampshire con la esperanza de verlo. (…) Dependiendo del punto de vista que se tenga, era o un chiflado o el Tolstoi estadounidense, quien convirtió al silencio mismo en su obra de arte más elocuente. Algunos creían que estaba escribiendo con otro nombre.

“CONTROLADOR Y SEXUALMENTE MANIPULADOR”

La privacidad de Salinger volvió a ser rota en 1998 y nuevamente en el 2000 con la publicación de dos memorias: primero la de Joyce Maynard (con quien había tenido un romance de 10 meses en 1973, cuando Maynard era una estudiante universitaria) y luego la de su hija Margaret. Su hijo Matthew escribió una carta a The New York Observer diciendo que su hermana tenía “una mente perturbada”. Joyce Maynard escribió que Salinger era controlador y sexualmente manipulador y un obseso de la medicina homeopática. Margaret Salinger dijo que su padre era patológicamente auto referente y abusivo con su madre y sumó otra larga lista de entusiasmos exóticos: el budismo Zen, el hinduismo Vedanta, la Ciencia Cristiana, la cientología y la acupuntura. Escribió que Salinger bebía su propia orina. Pero ¿estaba escribiendo? La pregunta obsesionó a los Salingerólogos y, ante la ausencia de ninguna evidencia real, se multiplicaron las teorías. No había escrito una palabra por años. O, como el personaje de la novela de Stephen King “El resplandor”, escribía la misma frase una y otra vez. O, como Gogol al final de su vida, escribía prolíficamente pero después lo quemaba todo. Joyce Maynard dijo que creía que había por lo menos dos novelas encerradas en una caja fuerte, aunque nunca las había visto. (…)

En 1937, tras un par de semanas poco entusiastas en la Universidad de Nueva York, Salinger viajó con su padre a Austria y Polonia, donde el plan de su padre para él era que aprendiera el negocio del jamón. Decidiendo que eso no era para él, regresó a Estados Unidos y estuvo un tiempo breve en el Ursinus College, en Collegeville, Pennsylvania. Sus compañeros lo recuerdan paseándose por el campus y anunciando que iba a escribir la Gran Novela Estadounidense. Nunca un gran estudiante, la exposición más sostenida de Salinger a la educación superior fue una clase vespertina que tomó en Columbia en 1939. Bajo la tutela de su profesor Whit Burnett logró vender un cuento, “The young folks”, a la revista Story. Posteriormente vendió cuentos a Esquire, Collier’s y The Saturday Evening Post, trabajos formales que daban pocos indicios de verdadera originalidad. En 1941, después de varios rechazos, Salinger convenció finalmente al New Yorker, por entonces la meta final de cualquier escritor aspirante, con un cuento: “Ligera rebelión en Madison”, que fue un esbozo inicial de lo que se convirtió después en una escena de “El guardián entre el centeno”. Pero la revista lo pensó dos veces, temiendo aparentemente aparecer como alentando a los jóvenes a abandonar la escuela, y retuvo el cuento durante cinco años antes de publicarlo finalmente en 1941.

“ESTABA EN EL MUNDO PERO NO PERTENECÍA A ÉL”

Mientras tanto, Salinger había sido reclutado. Sirvió con el Cuerpo de Contrainteligencia de la Cuarta División de Infantería, cuyo trabajo era entrevistar a desertores nazis y simpatizantes. El 6 de junio de 1944 desembarcó en Normandía, en la playa Utah y luego conoció la acción en la batalla de Bulge. Tras la guerra permaneció en Europa persiguiendo funcionarios nazis. Se casó con una mujer alemana por un tiempo muy breve, una doctora de la que los biógrafos han podido descubrir muy poco. Se llamaba Sylvia, dijo Margaret Salinger, pero Salinger siempre la llamó Saliva. De regreso en Nueva York, Salinger siguió escribiendo. “Un día perfecto para Bananafish”, austero, misterioso y el cuento más famoso y todavía más debatido de Salinger, apareció en The New Yorker en 1948. Sugirió, y no equivocadamente, que Salinger se había convertido en una clase muy diferente de escritor. (…) Como joven escritor, Salinger era algo mujeriego y frecuentó, entre otras, a Oona O’Neill, la hija de Eugene O’Neill y futura esposa de Charlie Chaplin. En 1953 conoció a la universitaria de 19 años de edad Claire Douglas, hija del crítico de arte inglés Robert Langdon Douglas. Se casaron dos años después (en el intertanto Claire se había casado y divorciado). Su hija Margaret nació en 1955 y Matthew, hoy actor y productor de cine, nació en 1960. Pero el matrimonio pronto se hizo distante y aislado y, en 1966, Claire pidió el divorcio. En los años ’80 Salinger se relacionó por un tiempo con la actriz Elaine Joyce y más tarde en esa década se casó con Colleen O’Neill, enfermera y considerablemente más joven que él. No se sabe mucho del matrimonio, porque O’Neill asumió el código de reclusión de su marido.

Sus agentes literarios dijeron en su declaración que “…Salinger había señalado que él estaba en este mundo pero que no pertenecía a él”. En cuanto a su familia literaria, los Glasses, pocas veces una familia ficticia ha sido tan amorosamente o ricamente imaginada. Demasiado amorosamente, se quejaron algunos críticos. Con la publicación de “Franny y Zooey” hasta firmes admiradores de Salinger empezaron a romper filas. John Updike escribió en Times Book Review que “Salinger ama a los Glasses más que lo que los ama Dios. Los ama demasiado exclusivamente. Su invención se ha convertido para él en una ermita. Los ama en detrimento de la moderación artística”. Pero, escribiendo en The New York Times Review of Books en 2001, Janet Malcolm sostuvo que los críticos habían estado totalmente equivocados respecto de Salinger, tal como los contemporáneos cortos de vista se equivocaron con Manet y Tolstoi. Las mismas cosas de las que esas personas se quejan, escribió Malcolm, eran las cualidades que hicieron grande a Salinger. Que los Glasses (y, por implicación, su creador) no se sintieran en casa en el mundo era todo el punto, y decía tanto sobre el mundo como sobre el tipo de personas que no lograban avenirse a él.

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