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Editor: Neville Blanc

Wednesday, May 05, 2010

NUESTROS SOCIOS OPINAN: LUIS A. RIVEROS


Sobre el símbolo perdido
Por Profesor Luis A. Riveros

La masonería es cada vez menos una sociedad secreta: muchos de sus ritos, de sus prácticas y alegorías están disponibles en otras fuentes públicas. Es, a lo más, una sociedad “discreta” respecto de sus procederes y membresía.
La Nacion Miércoles 5 de mayo de 2010
Dan Brown nos ha deleitado con una novela imaginativa, basada parcialmente en circunstancias objetivas de proyección política que hacen temblar, en su trama, al gobierno de EEUU y a la propia CIA. Muestra una imaginación desbordante, que nos lleva a recorrer Washington DC con una mirada de misterio, suspenso e infinitas maquinaciones urdidas hace más de 150 años. También exhibe su capacidad para interpretar cabalísticamente símbolos que se han originado en la antigüedad, pero que ejercerían su mágico hechizo hasta hoy. El “8 de Franklin Square” es una interpretación genial de una sucesión de símbolos ordenados en plano de ocho por ocho con fórmulas numéricas transmitidas secretamente entre generaciones. En verdad, el mérito del autor es utilizar información real y concreta, existente como las tablas de multiplicar, para combinarla con hechos absolutamente de ficción que le permiten hilvanar una historia apasionante que mantiene al lector en vivo suspenso.

La obra de Brown se sustenta, una vez más, en los profundos misterios que él atribuye a la masonería como organización. Peter Solomon, el personaje central de la novela, es un Gran Maestro de enorme influencia y riqueza, que conoce prácticamente todos los más recónditos secretos. Es depositario de una pirámide que puede revelar un secreto vital para el mundo entero, y conoce de espacios que han sido propicios para ocultar esos misterios: uno de ellos, ni mas ni menos, el propio Capitolio en Washington DC. Agrega a la fantasía de una Cámara de Reflexiones contenida en ese monumento público (y construida nadie sabe cuándo y para qué) la existencia de una bien sustentada organización que cobija a autoridades de suprema importancia para el país. Utiliza símbolos y tradiciones masónicas que actualmente existen (y están disponibles en muchas fuentes públicas, incluyendo internet) para señalarlas como una fuente de información exclusiva en el carácter conspirativo que sustenta su obra. Desde luego, no acusa a la masonería de ningún mal, pero la presenta como una sociedad súper secreta, que alberga procedimientos y estilos clandestinos y que es, por tanto, una organización que podría realizar mucho mal si llega a ser administrada por personas sin la superioridad moral e intelectual de Solomon.

La novela es muy atractiva y ha cundido el interés de un público lector, que no hace sino esperar ahora la película que ponga la obra a disposición de un más amplio público. En gran parte la popularidad se ha debido a que alude con particular énfasis a la Masonería, sobre la cual siempre se ha tejido misterio y la no oculta sospecha de procederes hasta inadecuados en favor de su membresía. La novela no acusa a la masonería de ninguna cosa, sino que sugiere sus conductas en pro del interés humano más fundamental; pero la alude en su secrecía y en la capacidad para manejar procedimientos y ritos misteriosos, además de secretos que pueden ser fundamentales para la humanidad. Y esa mezcla, de una entidad que maneja secretos fundamentales y se mantiene al borde del poder civil sin incidir abiertamente en nada, es una temática atractiva para un lector ávido de que se despierte su imaginación sobre la base de los “poderes ocultos”. El éxito del autor está en explotar esa debilidad de la gente por conocer lo secreto, lo no revelado, lo que puede sugerirse, pero no simplemente expresarse. Desde “El código Da Vinci”, Brown ha mostrado que este tipo de literatura puede movilizar el mercado.

La masonería es cada vez menos una sociedad secreta: muchos de sus ritos, de sus prácticas y alegorías están disponibles en otras fuentes públicas. Es, a lo más, una sociedad “discreta” respecto de sus procederes y membresía, pero no ha ocultado nunca su afán último, que es la búsqueda de la verdad sobre la base de que sus miembros contrasten sus puntos de vista y puedan construir en ellos mismos un convencimiento acerca de dicha verdad. O sea, es una institución meliorista que elige hombres para educarlos en un método que les permita contrastar sus propias creencias con las de otros. Y por eso la masonería en todo el mundo no tiene una “posición oficial” ni menos una “actuación como cuerpo”, pues todo descansa en la labor de sus miembros y en la medida en que ellos sean portadores de esa visión construida en el trabajo interno. No tiene por propósito mantener secretos cruciales para la humanidad, ni ser depositaria de fórmulas críticas para la sobrevivencia de la especie. Aspira sólo a mejorar al hombre para por esa vía mejorar la sociedad. Posiblemente, se dirá, menos atractivo y marketero que la imagen fabricada por Brown, pero también mas cercana a la realidad en todo el mundo.

* Universidad de Chile

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